"Marcha del pueblo bajo la lluvia", 25 x 25 In - 2018

La obra pictórica elaborada en húmedo sobre húmedo con el uso de espátula plasma en tiempo detenido el grito de enfado y desilusión de un pueblo marchando por las calles a pesar de la lluvia. La pintura captura un instante suspendido: figuras compactas y densas avanzan en una procesión obstinada bajo un cielo encapotado. La técnica alla prima, aplicada con espátula, deja capas gruesas y empastes que convierten la superficie en paisaje táctil; cada golpe de herramienta es una voz que se suma al clamor colectivo. Los contornos son apenas insinuados; los cuerpos emergen y se disuelven en franjas de color, como si la lluvia misma los estuviera lavando y a la vez marcando.

La paleta evita el brillo: azules profundos, grises plomizos y ocres pesados dominan la escena, con acentos de rojo cárdeno que señalan la cólera contenida. Esos puntos de rojo no solo focalizan la mirada, sino que actúan como pequeñas heridas abiertas en el lienzo, signos de resistencia y dolor. La textura crea sombras y relieves que sugieren movimiento detenido: los pies plantados, los puños cerrados, las bocas semiabiertas en un grito que parece no alcanzar el aire.

La lluvia es presencia y metáfora. No se pinta como gotas detalladas, sino como velos translúcidos que atraviesan la composición, difuminando rostros y estandartes, reforzando la idea de una marcha que persiste pese a la intemperie. Hay una tensión entre el impulso colectivo y la fatiga: las figuras no avanzan con ligereza heroica, sino con la pesada gravedad de quien soporta desencanto tras desencanto.

La obra dialoga con la historia y con lo contemporáneo: remite a procesiones de protesta y a las multitudes que reclaman justicia, a la vez que mantiene una ambigüedad deliberada—no alude a un evento fragmentario sino al clima emocional continuado de una comunidad. La elección de la espátula y la inmediación de la ejecución alla prima subrayan la urgencia del tema: pintura rápida, gestual, que no permite la pulcritud del retoque, como no habría tiempo para la corrección en el clamor social.

En suma, el cuadro es un testimonio visual de resistencia y desaliento; una estación congelada donde el ruido de la multitud se traduce en material, color y textura. Invita al espectador a detenerse y leer las capas: allí se encuentran la rabia, la tristeza y la persistencia de un pueblo que sigue marchando, aunque la lluvia intente borrarlo.

Antecedentes.

  • Las marchas en Masaya, Nicaragua, durante 2018 se convirtieron en un símbolo de resistencia cívica contra el gobierno de Daniel Ortega. A pesar de la fuerte lluvia, las barricadas en barrios como Monimbó y las movilizaciones masivas continuaron desafiando la represión policial y paramilitar, buscando la libertad y la renuncia presidencial. Miles de opositores marcharon desafiando la lluvia y la violencia, exigiendo la salida de Ortega. Se caracterizaron por el uso de morteros artesanales, pintura azul y blanca, y la creación de tranques (barricadas).

  • La lucha en Masaya, descrita como una "rebelión cívica", se mantuvo firme a pesar de la represión, la lluvia y el asedio constante durante los meses de abril a julio de 2018

  • La crisis sociopolítica que inició en abril de 2018 dejó un saldo de al menos 325 a 355 personas civiles asesinadas durante la represión de las protestas, de acuerdo con cifras documentadas por organismos internacionales como la Comisión Interamericana de Derechos Humanos (CIDH) y la Federación Internacional por los Derechos Humanos (FIDH).

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